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CRECER

 

Con más frecuencia de la necesaria consideramos que crecer es acumular kilos y centímetros. Muchos pequeños se pasan la vida sin más estímulo que el de recibir las atenciones físicas que los abocan a ser cada vez más grandes, pero nada mas.Probablemente sus seres cercanos puedan hasta sentirse satisfechos de ver cómo su retoño se estira y acumula volúmenes, se pone guapo y les mira sonriendo, como agradecido a la vida o a los servicios que está recibiendo para su desarrollo. No diré que esto sea poco para que nadie me lame desagradecido. Es verdad que muchos miles de niños ya quisieran recibir estos servicios, porque hasdse de estos servicxios carecen y esdo, verdaderamente, lama al cielo.

Pero no nos engañemos. Lo qe importa no son lis kilos o cerntímetros que un pequeño acumula y que probablemente sean indispensables. Lo que verdaderamente importa es el desarrollo afectivo, emocional, mental, que esa persona va acumulando y que tiene que producir en su mente experiencias suficientes como para que su crecimientos de experiencias le permita hacerse una persona que conoce la vida, que sabe en cada momento dónde está, qué es lo que le interesa y lo que no y que encuentra en las otras personas que lo rodean a serfes dignos de ser queridos . Eso Esd crecer y hacer que la vida sea cada día un poco mejor porque va cumpliendo sus ciclos a base de conocimiento y de maduración.

Es verdad, lo hemos dicho muchas veces, no se examina a nadie para ser padre. Ni falta que hace porque no se trata de que las personas vivamos nuestra vida como una sucesión de escalones que tenemos que subir o superar para que nuestra vida sea plena. Nuestra vida puede ser perfectamente plena desde la ignorancia o desde la sabiduría, porque el crecimiento imprescindible para madurar no está en el terreno cuantitativo, sino en el cualitativo. No necesitamos crecer a lo largo, sino a lo hondo.El afecto, la comprensión, el respeto y la convivencia no precisan de ningún título. Y eso es justamente lo que sí necesita el crecimiento interior de los pequeños: alguien a su lado que los cuide, que los atienda y que los acompañe en la aventura de vivir, siempre compleja y emocionante.

De hecho sabemos que de las muchas aberraciones que se pueden hacer con los pequeños, ya sean los mimos excesivos o las desviaciones de comportamiento de miles de formas no se ha podido nunca sacar la conclusión que el nivel cultural de las familias tenga un papel decisivo. No dgo que no signifiquen recursos útiles para tener a mano si se dispone de una cultura considerable, pero en ningún caso los elementos culturales son definitorios ni están libres de vicios que se puedan transmitir a los menores. No digo esto para que nadie entienda que no vale la pena cultivarse en la vida. Al contrario. Lo que quisiera es que nadie entienda que tiene patente de corso por el hecho de disponer de un nivel cultural determinado. Ni tampoco que pueda haber quien se sienta disminuído ni excluido de las posibilidades de ofrecer un mundo afectivo pleno y positivo a sus hijos por el hecho de carecer de un alto grado de cultura.

Creo que la cultura es algo positivo para las personas, que todos tenemos derecho a ella en el grado que consideremos oportuno, que seguramente es conveniente para alcanzar cotas más altas de gozo y de conciencia de las cosas que vivimos, pero que el mundo afectivo, que es en el que nos movemos en nuestra función de padres, sale de otros lugares que levamos más adentro.

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SOMALIA

 

No he estado en Somalia. Tampoco quiero estar en Somalia ni quisiera que en estos momentos estuviera nadie en Somalia, sobre todo en los campos de refugiados. Mucho menos en los campos que se erigen junto a los campos de refugiados y en los que se instala la gente hasta conseguir una plaza en los campos de refugiados. Cuando acceden a los campos de refugiados, parece que ya consiguen el estatus de dignidad porque tienen las galletas esas que les fabricamos y que les garantizan que no se van a morir de hambre, un techo de lona y un espacio interior donde cobijarse, así como una mínima asistencia médica continuada. Poco menos que el paraiso.

Lo malo es que no hay plazas para todos y fuera de los campamentos se encuentran miles de personas llegadas de sus poblados, algunos a cientos de kilómetros, huyendo de la guerra y del hambre y habiéndose dejados por el camino a los más viejos, a los enfermos o a los niños con los que ya no podían tirar a medida que las fuerzas iban flaqueando. Estas personas se instalan sin control alguno, condenadas a su suerte, mientras esperan una plaza que les garantice la vida en sus umbrales más elementales. Mientras tanto, sólo pueden mirar y andar de un sitio a otro, quitándose el hambre a manotazos y buscando la dignidad junto a cualquier plástico, cualquier pedrusco o cualquier mirada compasiva de nadie sabe quién.

 

 

 

Iba a pasar de este tema y seguir con los aspectos que considero de interés en la crianza der los más pequeños, pero el nombre de Somalia se me ha metido entre las cejas y no me ha permitido continuar sin echar, aunque sólo sea desde aquí y así, por encima, una mirada a esos despojos que se han quedado en el camino, seguramente con sus nombres y con la mirada de sus familiares, mientras se perdían en el horizonte sin saber si iban a llegar a los campamentos o a las pocas horas no iban a ser ellos mismos los que tuvieran que instalarse en el santo suelo para ya no levantarse jamás.

 

Es seguro que las verdades del mundo son muchas y seguro que verdaderas todas ellas. Yo no voy a negarlo. Pero tendreis que coincidir conmigo que parece como de risa que con esta mirada a Somalia, como seguramente que a otras miserias, de las muchas que asolan la tierra, se nos convierte en un sarcasmo hablar de crisis, de nuestra crisis digo, de los problemas que nos aquejan, a nosotros digo, y de la dificultad de encontrar las soluciones idóneas y en el tiempo preciso, para nosotros digo.

Es inútil y ridículo decir que con lo que se gasta en un día de guerra, todo esto podría estar resuelto, al menos en sus aspectos más sangrantes. Es verdad pero yo creo que todos lo sabemos. Mucho más aquellos que disponen este estado de cosas y que ordenan los cañonazos cada día. Me resulta casi impensable que este estado de cosas esté compartiendo realidad con nuestro mundo, tan preocupado en estos momentos, y con razón, en el sobrepeso de los niños. Seguro que todo es verdad, que todos los problemas son reales y que no se puede ignorar ninguno de ellos. Lo que sí me queda como certeza es que a los de Somalia, como a tantos otros: Haití,… no va a llegar nuestra conciencia, tan pendiente como se encuentra con los nuestros de gente rica que muchas veces hasta se los tiene que inventar para no caer en la desesperación.

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OSLO

 

Las decisiones humanas obedecen a muchos argumentos, unos claramente definidos y otros imposibles de concretar. Por multitud de causas he tenido ocasión de vivir una semana en Oslo, disfrutar sus primeros fríos y darme cuenta de que a las 6 de la mañana puede ser de día. Aparte los cometidos concretos que me llevaron tan alto, los ojos se me iban como imanes en busca de los niños y en busca de las escuelas de pequeños por cualquier esquina. Sin duda deformación profesional. Han sido muchos años. Pero es que, además, me ha gustado mi profesión.

 

He visto muchos niños de bronce y desnudos en el emblema de Oslo por antonomasia: el Parque Vigueland, un amplísimo espacio magníficamente urbanizado y con cientos de estatuas humanas de todas las edades de la vida, sobre todo de los niños. La imagen característica de este parque es la de un niño encolerizado, seguramente por el gesto tan manifiesto con que ser expone. Puede que, incluso, por lo raro que es ese gesto en un pais tan apacible como Noruega. Aquí puede que fuera más normal. Claro que las apacibilidades también son discutibles, y si no que se lo dgan a los afectados por la matanza de la isla de Utoya. Tuve ocasión de llorar con los mensajes que todavía están presentes derntro y fuera de la catedral, que me impresionaron por su sencillez y su hondura.

He visto niños, grupos de niños de tres años más o menos, yendo de paseo por la ciudad. Me ha admirado su escaso número para tres personas mayores mínimo que los acompañaban. Todos llevabas su mochila a la espalda y un chaleco reflectante. Me parecía bien por la dignidad que supone el que un niño disponga de todo lo necesario para garantizar su sewguridad hasta donde sea posible, pero reconozco que soy de otra época y en mi profesión he optado siempre por algo más de espontaneidad de cada persona, aunque sea pequeña, a pesar de que hubiera que asumir un poco más de riesgo. No sé qué atractivo puede depararnos la vida si nunca asumimos riesgos. Por supuesto que entiendo y valoro los elementos de seguridad imprescindibles. No soy ningún irresponsable. Pero los límites y las prioridades los pone cada uno en las cosas que considera fundamentales y yo he preferido que la vida haya sido el santo y seña, aunque muchas veces se pudiera discutir si una determinada acción debía llevarse a cabo o no. No he tenido ningún incidente grave en mi vida profesional. Espero ser bienentendido.

He visto también niños sueltos, sólos, en su espacio y con su familia. Una preciosa niña rubia con su padre y con su madre iba en el asiento delantero de autobús que me trasladaba al aeropuerto. Hablaba tranquilamente con los dos y daba gusto y ternura presenciar una secuencia cotidiana sin las estridencias que muchas veces, sobre todo aquí en el Sur, tienen las relaciones con los más pequeños. Pero también es verdad que en el vuelo de vuelta de Oslo a Málaga se oían los gritos de un par de pequeños por la parte trasera del avión, como indicando que en todas partes cuecen habas y que los niños son niños aquí y en Sebastopol, por más que las culturas les den una cierta pátina según en el pais que vivan.

No dudo que en Noruega dispongan de más medeios para la educación de los más pequeños porque se trata de uno de los paises más ricos de mundo, pero puede que también porque valore más la disgnidad de los menores y eso debería ser una lección para nosotros.

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MIEDOS

 

 

Con desesperante frecuencia se nos oye hablar de la infancia como la época más feliz de nuestra vida. Los argumentos suelen estar referidos a que en ese tiempo no teníamos que preocuparnos por nada. Que todo nos venía dado y que siempre había alguien que se responsabilizaba de nosotros y estaba al tanto de nuestras necesidades. Algo así como que andábamos en el mar rubio, en que cualquier deseo se cumplía automáticamente. Nada mas lejos de la realidad.

Por supuesto que las personas responsables de nuestro cuidados seguramente se desvivirán por atendernos y hacer que nuestras necesidades se cubran de la mejor manera posible. Pero siempre hay que pensar que nosotros tenemos un hilo de comunicación con nuestros cuidadores que tiee unas claves que no siempre coinciden. Es más, casi nunca coinciden. Tenemos que estar en todo momento a expesas de que se jnos entienda la demanda concreta que estamos manifestando. Nadie puede pensar que un pequeño de un años es capaz de decir “necesito que se me rasque la espalda, exactamente en el homóplatro derecho en su parte superior”, y sin embargo, es posible que en un momento concreto puede ser esa la necesidad que precise.

Es cierto que, con el paso del tiempo, los niveles de comunicación con las personas de referencia aumentan y se perfeccionan a gran velocidad, pero siempre hay que contar con las interpretaciones y con las suposiciones, porque los niveles de comunicación son muy imprecisos. De aquí que sean los miedos los signos más significativos que motivan a los pequeños a demandar  atenciones: a la soledad, a la oscuridad, al dolor, al hambre…. En realidad miedo a cualquier necesidad que el cuerpo manifieste. En un pricipio, como si dijéramos un brindis al sol. Yo grito demandando algo que no sé explicar y confío que quien esté cerca de mí me oiga y sepa qué es lo que estoy pidiendo en cada momento, lo que es casi tan arriesgado como esperar que te toque la lotería. Es un poco exagerado, pero en parte es así.

En la medida en que, con el paso del tiempo, muchas de esas demandas que el pequeño manifiesta se le van resolviendo y en la medida en que esas soluciones le van dando tranquilidad, los niveles de pánico se van moderando y hasta se convierten en otro tipo de reclamos más suave, más precisos y hasta diferencviados según la urgencia de las propias demandas, que empiezar a dejarse ver con distintos niveles de necesidad. En un principio es el llanto el emisor exiclusivo de todas las demandas. Con el tiempo el propio llanto se diversifica y se convierte en muchos llantos, con demandas distintas según los casos, a la vez que van apareciendo diversas formas de demandas que no son llantos y que van fortaleciendo la comunicación con los adultos y haciendo que los niveles de miedo que sientes los niños por cualquier contrariedad o necesidad que les aparece, se vayan armonizando y entren en un complejo entramado de comunicaciones entre pequeños y adultos. Pero para eso ha de pasar mucho tiempo y tnto mayores como pequeños, han de madurar en su conocimiento mutuo y en la confianza que cada uno deposita en el otro.

Al final toda se convierte en una forma de controlar y dosificar el miedo, que es el elemento más presente en un principio y que termina, si todo va bien, mas o menos controlado cuando los niveles de entendimiento se han establecido entre pequeños y mayores. Pero el miedo es el rey, no lo olvidemos.

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PALABRAS

 

La influencia de las personas mayores cercanas en los pequeños que viven con ellos es determinante. No se puede especificar punto por punto o aspecto por aspecto porque se transmite de manera global  y porque no es posible concretar los aspectos concretos en los que se va a manifestar. Unas veces se detecta por simpatía y otras, por ejemplo, por antipatía, o por semejanza o por otras asociaciones difíciles de concretar de antemano.

Lo que tradicionalmente se llama el ejemplo es una de las transmisiones contundentes y sólidas. Los niños muchas veces no asumen lo que se les dice, pero lo que ven que se hace con ellos o cómo se vive a su alrededor, eso sí que tiene gran fuerza y se graba a fuego en sus esquemas de comportamiento. Hasta el punto de que los adultos, para explicar el peso de su ejemplo y para eludir en alguna medida su influencia, han inventado aquello de HACER LO QUE OS DIGA, PERO NO HAGAIS LO QUE YO HAGA.

Sin discutir ni un ápice la importancia de los ejemplos, creo que es importante comunicarse con los menores utilizando las palabras. Con las palabras, que sabemos que tienen un valor relativo, podemos aclarar muchas veces determinados comportamientos que pueden no ser correctamente interpretados. Podemos, sobre todo, explicar nuestros sentimientos y comunicarnos matizadamente, ya que los comportamientos que tienen la enorme fuerza de los hecho, también son comunicaciones globales que pueden precisar los matices y las aclaraciones que ofrecen las palabras para que la comprensión sea más ajustada y precisa.

Al mismo tiempo, la palabra es capaz de crear un campo de entendimiento y de riqueza comunicativa por ejemplo, en la transmisión de la cultura del grupo humano al que se pertenece a través de miles de historias y de cuentos. Todo ese corpus de leyendas y de costumbres pasa a través de la palabra de unas generaciones a otras muchas veces en los ratos muertos, en los momentos previos a dormirse y en general en situaciones de intimidad y de relajación en los que la confianza hace que nuestras alertas descansen y se de paso a la receptividad por parte de unos y a las ganas de transmitir por parte de otros.

En todo el conjunto normativo que ha de pasar de una generación a otra, es verdad que la mejor forma es con el ejemplo, pero al mismo tiempo, si es posible poder explicar el por qué de cada norma, las ventajas e inconvenientes de hacerlo de uno modo concreto y no de otro y estimular las ganas de comunicarse de los pequeños para que sus niveles de comprensión se amplíen y se perfeccionen estaremos contribuyendo a que lo que hemos dado en llamar cultura cumpla su función más noble permitiendo el entendimiento entre personas que pertenecen a mundos distintos porque han nacido cada uno en su tiempo y que, aun así, dispongan de maneras de conocerse y de entenderse.

Las palabras es verdad que son resbaladizas, que pueden tener significados ambiguos según los casos, que pueden ser, incluso, fuentes de conflictos dependiendo siempre de quién y de qué manera sean utilizadas entre las personas, pero no cabe duda que pueder ser al mismo tiempo vehículos insustituíbles de transm,isión cultural y de comprensión entre los seres humanos que seríamos unos verdaderos insensatos si las despreciáramos como elementos esenciales en todo el proceso educativo. Probablemente las palabras no serán suficientes para cubrir la misión educativa entre generaciones, pero sin duda es un valor insustituíble.

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NORMAS

 

En un momento determinado hablamos de la imperiosa necesidad de que los niños anduvieran con límites en la vida, prque esos límites eran para ellos como los linderos de cualquier camino que, por un lado te condicionan y por otro te ofrecen la seguridad imprescindible para desenvolverte en la vida.

Extendiendo un poco el concepto tenemos que hablar de normas en todos los órdenes del comportamiento que cumplen la función de los límites o de formas de comportamiento aceptadas por la sociedad y que los pequeños van conociendo por lo que van viendo entre ls suyos o por lo que los suyos le dicen. Es verdad que nadie estudia para la paternidad y que los hijos nos llegan por un proceso natural que se cumple para todos y, una vez el menor en el mundo, cada uno lo cría como sabe y como puede según muy diversos contextos: culturales, económicos, físicos, climáticos…. Y el resultado es tan diverso como el que conocemos. Sería, por tanto, demasiado ambicioso ponernos a enjuiciar todas las formas de trato porque no controlamos la enorme diversidad de influencias que intervienen en el desarrollo y el sin fin de planteamientos según los distintos contextos en los que se desenvuelvan.

Nos ceñiremos, por tanto, al nuestro y propondremos algunas pautas elementales que pueden ser guías eficaces y clarificadoras. Los adultos responsables de los menores somos los encargados de transmitirles una serie de comportamientos y valores a través de los cuales los menores puedan intetiorizar que pertenecen a una familia, a un pais y a una cultura. Pero no podemos estar machacando a los pequeños con miles de normas de obligado cumplimiento porque esta forma no se podría llevar a efecto, sencillamente por hartazgo. La mayor parte de las normas que los pequeños precisan no hace falta decirlas porque los niños las viven a través derl ambiente que ls rodea.

En efecto no son todas y hace falta, en determnados momentos remarcar alguna o insistir para que se graben en sus comportamientos. Los menores pueden asumirla sin más y en ese caso no hay problema. Pero, por razones de muy diversa índole, también pueden rebelarse y rechazarla y entonces se establece un conflicto. El adulto puede tomar el camino fácil de pasar sencillamente y no dar demasiada importancia al conflicto y a otra cosa. También puede insistir y medir sus fuerzas con el menor y permitir que este se salga con la suya una vez que las protestas hayan alcanzado un tono demasiado elevado, cosa ciertamente frecuente. Y por fin también puede cargarse de paciencia y dar tiempo para que el menor recapacite y hasta eche fuera todas las furias legítimas, pero mantenerse firme y hacer valer un comportamiento que considera que debe ser así.

Por aclarar  diremos que la segunda reacción se impone muchas veces en la práctica con el argumento de “por no oirlo”, “no quiero darle un mal rato”, y escapes por el estilo. La primera solución no es buena, la de que el niño haga lo que quiera. La buena, sin duda es la tercera: que el niño acabe por hacer lo que hay que hacer, aunque cueste trabajo conseguirlo. Pero cualquiera es preferible a permitir que se abra el conflicto y que sea el menor el que se salga con la suya por puro capricho. Lejos de haber resuelto el problema, lo que hemos hecho es aplazarlo para la ocasión siguiente, con el agravante de que ya ha podido comprobar cómo tiene que hacer para llevarse el gato al agua. Cada éxito que obtenga por este procedimiento será también un motivo de soledad y desdicha para él, que sabe que es menor y que necesita el criterio de los mayores aunque a veces le cueste aceptarlo.

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ANDAR

 

Si tuviéramos que ser examinados por lo que tardamos, por ejemplo en andar por nosotros mismo, seguro que llevaríamos un suspenso en s de comparación con la mayoría de los mamíferos, que andan sólos a las pocas horas de nacer. Afortunadamente para nosotros, ese no es el único baremo con el que nos podemos medir con relación al resto de los de nuestra especie. Se sabe que nuestro cerebro es bastante mayor que el resto y que sus procesos madurativos son mucho más complejos que los demás y necesitan más tiempo en elaborar esquemas de comportamiento.

Pero dejando los procesos físicos aparte, la verdad es que tardamos aproximadamente un años en desplazarnos por nosotros mismos. Del mismo modo que es verdad que nuestos mayores no contribuyen demasiado a facilitarnos nuestra capacidad de movimiento. Es más, la mayor parte de las veces lo que hacen es colaborar a que nuestro proceso de autonomía se retrase y hasta se dervirtúe porque nuestras necesidades se ponen en segundo o en tercer lugar y priman las de ellos. Bien asumen que han de cargar con nosotros para sus desplazamientos en tiempos en los que podríamos hacerlo nosotros, en todo o en parte, o nos desplazan en carritos en los que aprendemos a conseguir las cosas sin esfuerzo y a vivir por encima de nuestras posibilidades, dependiendo naturalmente de lo que quieran hacer con nosotros.

 

 

No conviene ciertamente que nos anden apremiando a que nos pongamos de pie antes de tiempo. A veces, sencillamente nuestros huesos no disponen aun de suficiente dureza para sostener nuestro peso y terminan arqueándose y, o bien se quedan así para siempre, o han de ser sometidos a procesos de rehabilitación dolorosos y largos innecesariamente. Pero cuando somos capaces de mantenernos de pie sí que necesitamos tiempo para movernos y para desplazarnos porque nuestro comienzo es muy lento y nuestros titubeos son largos hasta alcanzar la destreza suficiente que nos permita desplazarnos  con niveles aceptables de seguridad.

Ese proceso de afianzamiento y endurecimiento de ls huesos a fin de conseguir la seguridad de movimientos suficientes se convierte en un proceso muy difícil porque casi nunca los adultos disponen del tiempo suficiente para ofrecernos y, o bien quedamos abandonados a nuestro albedrío más tiempo del necesario, con el consiguiente  peligro para nuestra seguridad, o bien se nos mantiene en situación de dependencia y adheridos a los adultos más tiempo  del necesario, con el consiguiente retraso madurativo y con la conciencia cde que muchas de nuestras dificultades se nos von a resolver desde f uera sin que nosotros tengamos que esforzarnos en ello sino sól esperar.

Comprendo y he experimentado en propia carne acompañando a mis tres hijos, mas todos los que he tenido que acompañar profesionalmente, en sus lentos desplazamientos y en sus larguísimos tanteos de cada elemento con el que si iban encontrando, esperando que lo tocaran, que lo examinaran, que calibraran su textura, que probaran todo tipo de equilibrios… y todo eso a su ritmo, de manera que fueran ellos mismos los que fueran comprobando las dificultades que existen y la mejor forma de superarlas  con arreglo a sus posibilidades.

Ya sé que casi se haría interminable si el proceso sólo estuviera pendiente de las necesidades de los pequeños, pero tenemos que entender que son ellos mismos, en primera persona, los que necesitan vivir estas sensaciones y dar con los cauces der salida de lo que la vida les demanda y que, por mucho que nosotros les digamos, hasta que ellos no lo experimenten en primera persona, los aprendizajes no se habrán producido.

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EL ÚLTIMO

 

Podría denominarlo El Tercero, pero creo que sería equívoco. Lo que quiero resalta hoy son aspectos típicos y tópicos propios del último miembro de la familia, sea esta de muchos o de pocos miembros. Me importa menos para la ejemplificación si los miembros son muchos o pocos que la idea de que este miembro al que nos referimos, en alguna  medida tiene conciencia de que después de él, nadie.

Suelen, eso sí, tener varios hermanos mayores y ls padres, lo normal es que sean mayores también. Quizá lo más destacado es la facildad de trato con unos y con otros. Suele ir de brazo en brazo sin dar muestas dce extañar a nadie. Este dato puede ser muy diferenciado con el del mayor, cuya confianza en ls brazos que lo acogen puede ser tan restringida que puede ceñirse a una sola persona con facilidad. Entre uno y otro necesariamente han de producirse vivencias muy distintas y han de dejar de por vida también esquemas de comportamiento muy distintos.

Quizá lo que me resulta más digno de destacar es la facilidad con la que el último escamotea las normas. Funciona como quien cree o se fía muy poco de cualquer norma. Como si tuviera suficiente experiencia en el contacto con personas como para saber que hay quien piensa que dos y dos son cuatro y hay para quen son 44. Seguramente es el principal reto con los últimos de la famila, el hacerles compr ender que las normas están para todos y que ellos tienen la misma oblgación de cumplirlas que el que más.

Su principal recurso para saltarse cualquier norma que no le venga bien será la gracia. Son los últimos y sabes que no pueden ser los más fuertes, por lo que terminan haciéndose ls graciosos y ganando voluntades a partir de reirles la gracia a todo el mundo y en la confianza de que todo el mundo ser la rían a ellos en los momentos en que se saltan las normas. ¡Total, ya se sabe, es el pequeño, qué más da!. Y con esta filosofía de relación, con frecuencia terminan haciendo en cada caso lo que se les antoja y, con mcha risa y con mucha gracia, pueden convertirse perfectamente, no en ls tiranos porque se sienten en el último escalón de la jerarquía familiar, pero sí en los marginados que terminan construyendo un mundo aparte, compuesto de retales de unos y de otros, aliñados con las gracias que ha de reir y de proponer para que sirvan de risa, a través de las cuales terminan por imponer los criterios que en cada caso es convienen.

Suelen ser personas con muchos recursos y de trato agadable mientras no haya nadie a su lado que se niegue a reirles la gracia  y a que se la rían a ellos y les platee un trato igualitario en donde su comportamiento esté basado en la seriedad y en la asunción de responsabilidades que le correspondan en cada caso.

Aparte de que hemos insistido siempre, y aquí también, que cada persona es un mundo y que esa es la mejor guía, es verdad que la posición en la familia, y muchos más factores que sería exhaustivo detallar, dejan aspectos que pueden ser comunes y que  facilitan el conocimiento y el trato con las personas. No nos eliminan nuestra particularidad en ningún caso, pero sí nos agrupan más o menos, con otros con experiencias de vida semejantes y pueden ayudar al mejor conocimiento y a corregir aspectos o vicios propios de esa particularidad  concreta.

 

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SEGUNDO

 

Es importante insistir de nuevo, para que nadie se llame a engaño, que cuando hablamos de elementos comunes entre los recién nacidos, en ningún momento dejamos de creer que cada persona es única, con su propia especificidad y lo que planteamos como elementos comunes, sólo tiene un valor indicativo y en ningún caso vienen a sustituir las particularidades inherentes a cada persona, que son las que verdaderamente la definen.

Cuando aparece el segundo hijo en la familia, las grandes crisis e inseguridades que se vivieron con el primero ya han desaparecido o se han asumido, al menos eso se creen los padres. Normalmente se recibe al segundo  con un mayor grado de solvencia y de confianza  lo que produce un significativo menor grado de angustia en el trato diario y  una mayor distensión en todas las atenciones y cuidados de que es objeto. Es más, siguiendo las leyes pendulares, lo que podríamos decir es que del segundo, en cierto modo se pasa, como si fuera capaz de salir por sí sólo de cualquier necesidad.

La evolución de los segundos suele ser más plana, con menos sobresaltos pero también y al mismo tiempo con menos manifestaciones de  afecto. Esto hace que los segundos evolucionen con menos sobesaltos y con un comportamiento por parte de ls adultos más relajado, lo que sin duda juega a favor de una evolución tranquila, pero también con una mirada más dispersa, algo así como si ya se diera por supuesto todo lo que tiene que vivir para que se produzca el crecimiento  el aprendizaje.

Como no hay situaciones ideales en la vida, en ningún caso se nos  ocurre enfrentar el comportamiento adulto con los primeros al que  se tiende con los segundos. Aparte de que lo que aquí comentamos se encuentra sometido a todo tipo de reservas y lo único que pretende es facilitar un poco la comprensión de las distintas situaciones de vida por las que pasan los niños según la posición en la que llegan a la familia. Por tanto, cada una de las particularidades que aquí se describen ha de estar siempre sometida al filtro implacable de cada caso y de las circunstancias concretas que concurren y que lo diferencian de los demás.

De cuelquier modo, lo que aquí comentamos de que los segundos son como más llanos, con menos aristas y que su desarrollo suele ser mas tranquilo, aunque también más anónimo, con menos chispas de genialidad y de particularid no me parece que sean gratuitas y creo, por el contrario que pueden ser útiles para entendder algo mejor como funcionan ls sentimientos según cada momento y cada particularidad.

Mi deseo sería, en todo caso, que las familias fueran capaces, una vez leíds estas sugerencias, de ser menos impacientes y angustiosas con los primeros, cosa harto difícil, yo lo comprendo, y darse cuenta de que los segundos también necesiten esos picos de afecto en los que puedan sentirse como los más importanes del mundo, sin que haya nadie a su lado que pueda hacerles sombra .

En definitiva, la aspiración no es otra, a pesar de todos los condicionantes que vamos comentando mas otros en los que no caemos, que cada persona crezca con las máximas garantías, sintiéndose el ser único que es y el más importante del mundo para las personas responsables de su crianza. Me parece una aspiración legítima aunque esté llena de condicionantes y limitaciones como estamos viendo.

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PRIMERO

Ni que decir tiene que cada persona que nace es única y como tal debe ser contemplada, pensada y querida. Nada está escrito de antemano y vamos escribiendo nuestra vida a medida que la vivimos. Es importante que esto no se olvide porque aunque hablemos a continuación de algunos aspectos comunes con otras personas o grupos, en ningún caso quiere decir determinismo alguno ni posibilidades de confusión entre unas personas y otras.

Una vez sentado lo anterior sí que importa hablar de algunos parámetros que nos hacen más cercanos a otros o más lejanos, según que compartamos algunas características o no.Los primeros miembros de la familia , los hijos mayores comparten una serie de rasgos que los van a definir durante toda la vida. No sólo rasgos personales, que por supuesto, sino por su estricta condición de ser los primeros. Llegan a un hogar que, en el mejor de ls casos, los desea y los recibe con los brazos abiertos, pero con muy poco conocimiento del profundo significado de su presencia. Puede disponer de una espacio para él, pero también ha de acarrear muchas dudas sobre las atenciones que debe recibir o no, sobre la mejor distribución del tiempo que su cuidado requiere y sobre un ecceso importante de afecto volcado en su persona, no sól de sus padres que en principio lo tiene todo, sino del resto de la familia.

Lo que podríamos denominar, el prícipe de la casa se encuentra en unas condiciones materiales y afectivas en general descompensadas, aparentemente a su favor, porque puede disfrutar más tiempos, más espacios y más personas der las que podrían considerarse normales. Pero esto es algo que él no puede saber ni conocer porque no puede tener ninguna idea de normalidad. Lo que le dan lo asume como propio y lo lógico es que asuma que las cosas son así para todos porque no conoce otra cosa.

Ya sé que decir esto no deja de ser una aproximación localizada en un espacio y en un tiempo bastante concreto. Lo voy escribiendo y me voy acordando de lo que esto puede significar para las inmensas colas de niños en el cuerno de África, que han de pasar largas colas en las espaldas de sus madres para conseguir un puñado de harina que les permita no morirse der hambre, por ahora. Y pongo este ejemplo porque es de palpitante actualidad. Podría poner muchos más. Pero no quiero dejar de comentar las particularidades más o menos inherente a la condición de primero.

Uno se acostumbra fácilmente a todo y cuando las circunstancias son más bien favorales, al menos en algunos aspectos porque también las deficiencias derivadas de la inexperiencia y del mismo hecho de ser los primeros cuentan y no precisamente a favor, significa que se aprende a vivir con la conciencia de que así debe ser siempre y desgraciadamente, la realidad es bien distinta. La condición de primero va asociada a tener que asumir un proceso de pérdida permanente durante mucho tiempo, bien por la aparición cuando sea de un nuevo hermano o bien porque la propia famila no puede mantener indefinidamente ese nivel de atenciones.

De este modo, los primeros son los que a la vez que reciben más mimos y privilegios, se habrán de forjar a lo largo de su desarrollo en un proceso de pérdida más acusado que los que tienen otra posición en la familia. De aquí derivarán, como no, una serie de marcas en su personalidad que, para bien y para mal, los dejarán definidos de por vida.

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