No sé si luchar tiene sentido ante un cúmulo de fuerzas tan desproporcionado. He dicho muchas veces y lo sigo diciendo hoy que por más que se termine imponiendo navidad, la mula y el buey, los pastorcillos y la estrella de oriente y el nacimiento sin que su madre perdiera la virginidad, al final de lo que estamos hablando es del frío y de los días más cortos de año, del miedo a la soledad y de la necesidad de las personas de sentirse cercanas unas a otras y conjurar su miedo como puedan. A partir de esas mimbres, el comercio ya se encarga de llenar esos vacíos de contenido a base de regalos que mantengan la actividad comercial por encima de todo.

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Como no voy a entrar de nuevo en una guerra más, por más clara que vea su causa la sé perdida de antemano, sencillamente acepto la pérdida, me reafirmo en mi No interior porque eso sí es mío exclusivamente y no pienso renunciar a ello y prefiero entrar en que los pequeños se encuentran con unos veinte días en sus casas una vez que ya se habían adaptado a la escuela. Y eso sabiendo que las condiciones de disponibilidad de sus padres no han cambiado sustancialmente. Lo más privilegiados van a poder disponer de la mitad de los días, bien en diciembre o en enero, la mayoría ni eso y muchos, desgraciadamente cada vez más, ya quisieran disponer de algo que echarse a la boca que no sean largas colas para conseguir ayudas para pasar como se pueda el día a día. Parece que en Madrid se ha impuesto la idea de preparar una cena para 300 personas sin techo en el edificio de Correos en plena Cibeles que tantos millones le metió el señor Gallardón cuando fue alcalde y que ahora parece que no termina de encontrársele una utilidad que esté a su altura.

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Si sigue sin llover, cosa bastante dramática para nosotros pero al parecer bastante probable, lo mejor que podemos hacer con los pequeños es echarnos a la calle con ellos “A tomar la calle, que no pase nadie…, que pase la justicia y el señor alcalde.” A estas alturas, las desgracias o las suertes son complejas y no terminan de ser ni completamente buenas ni completamente malas. Vamos viendo, por ejemplo que la ausencia de nieve hacer que los ingresos asociados al esquí bajen pero suben los de playa porque la gente enseguida encuentra un repuesto que le permita satisfacer sus deseos o necesidades de tiempo libre. Pues algo así se podría ofrecer para los pequeños. Estoy seguro que, con un buen abrigo encima no le van a hacer ningún asco a un largo paseo por la ciudad, deslumbrándose con la cantidad de atractivos que ha preparado para este tiempo a base de luz, de colores y de búsqueda del regalo más ingenioso ya nadie en la familia quiere ser menos que nadie y hay que regalar pase lo que pase. No quiero ni pensar si esos posibles ratos de ocio son en la playa y permiten sin apenas gasto, que los pequeños disfruten con la arena y con el agua en la medida que se pueda. Más sencillo y más barato no es fácil de encontrar.

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Y eso por fuera de las casas porque por dentro, con lo pronto que anochece se pueden contar mil y una historias de las de verdad o sencillamente inventadas pero que nos lleven a vivir y a soñar con el placer de estar juntos y de lo estrechamente unidos que nos podemos sentir cuando compartimos todo un cúmulo de palabras que van de una boca a otra entrelazando nuestras vidas. Y las mañanas, ¡por dios!, esas mañanas en las que podemos gozar tanto sin prisa, remoloneando en la cama o de una cama a otra, a la vez que nos sentimos permeables unos con otros y nos permitimos compartir nuestros mundos, sobre todo con los más pequeños para que por dentro de esas volteretas que nos llevan y nos traen sin rumbo, ni falta que hace, vayamos fraguado a base de afecto y cercanía, potentes lazos de apego que nos identifiquen como miembros de la familia y nos proyecta en grupo hacia nuevos destinos a base de abrazos.

 

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