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BOMBA

En los primeros ochenta, cuando tocamos levemente el poder público en educación de la primera infancia adoptamos la opción de favorcer la estructura de escuela como la mejor fómula de atención. Consideramos que era indispensable instaurar la cercanía, incluso la intimidad como el clima afectivo idóneo para que los menores se manifestaran sin trabas ni espaciales ni sociales, con sus ritmos particulares y dominando sus tiempos. No solo nos pronunciamos por la escuela, también por el pequeño grupo, preferiblemente su propia clase, como espacio más conocido. Creímos encontrar el mejor clima para que los pequeños se sintieran en un contexto propicio donde no necesitaran emplear energías en preocuparse por su seguridad y pudieran entregarse por completo a la función de manifestarse y de relacionarse. O sea a su propio desarrollo.

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Aparecieron entonces las primeras respuestas masivas a las demandas para tiempos de vacaciones. En navidad y en Granada se le llamó Juveándalus y se nos ofreció apadrinar y responsabilizarnos de aderezar un gran espacio que albergara a miles de niños de todas las edades a la vez y que permaneciera abierto todo el día. En un principio nos negamos horrorizados pero a la vista del desmadre de la primera experiencia algunos decidimos participar para que al menos lo que se hiciera con los pequeños mantuviera una cierta coherencia con los valores educativos y no se dejara llevar por el aluvión del número, por la angustia de la prisa y del ruido y al final aquello se convirtiera en un conglomerado sin orden ni concierto que volviera a los niños locos en vez de hacerles pasar un rato agradable. Algo se pudo conseguir en los años siguientes pero la fuerza del tumulto fue de tal magnitud y las energías tan limitadas que estos encuentros masivos solo han servido para justificar unos servicios de acumulación de niños atendidos que los políticos se han encargado de que aparezcan en la prensa y poco más. No creo que haya importado a nadie el nombre propio de ningún pequeño ni sus particularidades personales.

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Es verdad que mi valoración de esas concentraciones masivas en recintos mastodónticos no es muy positiva que digamos pero es que no soportan la más elemental crítica. Como dato diré que traigo el tema a colación precisamente hoy porque este año es hoy cuando cierra sus puertas el presente, cuando estamos todavía a poco más de la mitad de las vacaciones navideñas. No puedo entender cuales son los intereses que motivan estas concentraciones masivas sin mucho orden y sin ningún concierto. Lo que sí puedo asegurar es que el beneficio de los pequeños, desde luego, no está entre ellos. He titulado bomba este trabajo porque parece que el beneficio último es el de que se lo pasen bomba. Y se quedan tan panchos familias, autoridades y no sé quién mas. Como si bomba fuera lo más de lo más. Parece que nos hemos dejado llevar por el trazo grueso a la hora de ofrecer servicios y ya no importan para nada los matices sino poder justificar miles de visitas que se han logrado concentrar aunque no hayan servido más que para titulares de periódico.

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En los primeros ochenta todo era nuevo en España. Salíamos de tanta miseria espiritual e intelectual que cualquier impacto podía tener un valor, aunque solo fuera el de deslumbrarnos. Hoy han pasado ya muchos años y tenemos experiencias suficientes para discernir lo que significa pasárselo bomba, un fuego fatuo a fin de cuentas que deslumbra en un instante pero que lo mismo que llega se va sin dejar huella y un servicio a la infancia con sus medidas acordes a la edad, sus espacios adecuados, sus dotaciones de personal que sepa lo que tiene entre manos y que persiga mas la profundidad de las vivencias que ofrece que el número de usuarios que las utilizan por hora. Seguramente pueden valer diferentes servicios educativos para momentos distintos, no lo niego, pero todos han de adaptarse a las personas a las que van dirigidos. Hoy somos capaces de discernir una propuesta encaminada a mostrar actividades de impacto y no confundirla con otra que busca que los pequeños interactúen con los elementos que se les ofrecen. No es bueno confundir el culo con las témporas.

 

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PROCESO

1Cada vez que termino un texto considero que va a ser el último y mi cabeza se muestra extenuada, incapaz de sacar de nuevo un asunto que pueda tener algún interés para aparecer como un aporte nuevo. Pero burla burlando ya hemos sobrepasado los doscientos cincuenta y ahora hasta me tomo la libertad de no preparar nada hasta que llega el momento mismo de ponerme a escribir, que es el domingo hacia las diez de la mañana. Entonces aparecen enormes lagunas vacías de contenido o se apelotonan asuntos al hilo de la palpitante actualidad o aparece en la mente el recurso a la sistemática para tratar algún tema que se haya quedado retrasado y merezca presencia. Cualquiera de estas excusas puede ser suficiente para arrancar.

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El de hoy tiene que ver con el desesperante proceso de elaboración de las combinaciones en el comportamiento de los pequeños. La protagonista es en este caso mi nieta África y la persona enjuiciada es su padre, mi hijo Nino, sencillamente porque es la persona que está con ella amplios espacios de tiempo. Yo suelo ser el acompañante lo menos interviniente posible para permitir al padre que aprenda a ejercer de padre, que ha llegado al cargo por encima de los cuarenta y a lo mejor las neuronas se le han oxidado un poco y a la hija que como el mundo ha de reproducir en su persona todo el proceso de evolución que el propio mundo ha producido y cada uno de los seres que lo hemos habitado hasta que ha llegado ella. Por mas millones de veces que las primeras evoluciones se hayan repetido, cada vez que aparece un nuevo ser todo es nuevo y comienza de nuevo con la misma emoción, inseguridad, sorpresa y miedo propios de la primera vez. Por más que pretendas hacer como que sabes algo de experiencias anteriores, lo cierto es que tu comportamiento sólo tiene credibilidad si se humilla y funciona como nuevo.

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Aunque nunca los procesos se terminan de superar y siempre hay que aceptar la posibilidad de que un conocimiento nos llegue en lo que se podría denominar a destiempo, hemos superado la etapa del primer año y hemos batallado todo lo posible y parte de lo imposible para que a la niña se le haya permitido interiorizar tranquilamente las sensaciones que la vida le ha venido ofreciendo en colores, texturas, fríos, calores, sonidos…, en fin, el programa de conocimientos que el día a día le ha venido deparando. Seguimos en ello pero ahora ha pasado a primer plano la locura muscular y estamos en ese punto en el que lo mismo da correr que pasear, girar a derecha que a izquierda, sentarse una o mil veces en cualquier bordillo porque de lo que se trata es de aprovechar cualquier posibilidad de fortalecer la musculatura, la armonía en los movimientos y gozar de sentirse capaz de dominar el mundo con sus propios medios. Suelo callarme todo lo que puedo, que puede ser que muchas veces no sea suficiente y el padre está todo el rato intentando que la niña no se ensucie, vano intento, o que sus movimientos tengan lógica, la suya naturalmente y no la de la niña, y soportando como puede la tortura de seguirla de cerca para que la seguridad le permita evolucionar sin demasiados incidentes.
Alguna que otra vez discutimos padre y abuelo y parezco el abogado defensor de la niña para que le permita moverse lo más suelta posible y le deje espacio para resolver sus propias dificultades y hasta para equivocarse y aprender de sus errores, siempre que no se vean riesgos significativos pero yo tampoco quiero engañarme ni jugar a ser el bueno en esta guerra de cada día. Sé que mi lugar es el de abuelo y ahí es donde me tengo que situar. Desde esa responsabilidad de segundo grado es más fácil defender algunos desmadres de la niña porque el papel del malo, del que pone las normas y del que apechuga con las consecuencias en primer término es del padre. Y la niña, como todos los niños…, a vivir, que son dos días, todo lo que se le permita o ella pueda conseguir. En definitiva, la vida; una más y siempre como si fuera la primera.

 

 

NAVIDAD

No sé si luchar tiene sentido ante un cúmulo de fuerzas tan desproporcionado. He dicho muchas veces y lo sigo diciendo hoy que por más que se termine imponiendo navidad, la mula y el buey, los pastorcillos y la estrella de oriente y el nacimiento sin que su madre perdiera la virginidad, al final de lo que estamos hablando es del frío y de los días más cortos de año, del miedo a la soledad y de la necesidad de las personas de sentirse cercanas unas a otras y conjurar su miedo como puedan. A partir de esas mimbres, el comercio ya se encarga de llenar esos vacíos de contenido a base de regalos que mantengan la actividad comercial por encima de todo.

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Como no voy a entrar de nuevo en una guerra más, por más clara que vea su causa la sé perdida de antemano, sencillamente acepto la pérdida, me reafirmo en mi No interior porque eso sí es mío exclusivamente y no pienso renunciar a ello y prefiero entrar en que los pequeños se encuentran con unos veinte días en sus casas una vez que ya se habían adaptado a la escuela. Y eso sabiendo que las condiciones de disponibilidad de sus padres no han cambiado sustancialmente. Lo más privilegiados van a poder disponer de la mitad de los días, bien en diciembre o en enero, la mayoría ni eso y muchos, desgraciadamente cada vez más, ya quisieran disponer de algo que echarse a la boca que no sean largas colas para conseguir ayudas para pasar como se pueda el día a día. Parece que en Madrid se ha impuesto la idea de preparar una cena para 300 personas sin techo en el edificio de Correos en plena Cibeles que tantos millones le metió el señor Gallardón cuando fue alcalde y que ahora parece que no termina de encontrársele una utilidad que esté a su altura.

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Si sigue sin llover, cosa bastante dramática para nosotros pero al parecer bastante probable, lo mejor que podemos hacer con los pequeños es echarnos a la calle con ellos “A tomar la calle, que no pase nadie…, que pase la justicia y el señor alcalde.” A estas alturas, las desgracias o las suertes son complejas y no terminan de ser ni completamente buenas ni completamente malas. Vamos viendo, por ejemplo que la ausencia de nieve hacer que los ingresos asociados al esquí bajen pero suben los de playa porque la gente enseguida encuentra un repuesto que le permita satisfacer sus deseos o necesidades de tiempo libre. Pues algo así se podría ofrecer para los pequeños. Estoy seguro que, con un buen abrigo encima no le van a hacer ningún asco a un largo paseo por la ciudad, deslumbrándose con la cantidad de atractivos que ha preparado para este tiempo a base de luz, de colores y de búsqueda del regalo más ingenioso ya nadie en la familia quiere ser menos que nadie y hay que regalar pase lo que pase. No quiero ni pensar si esos posibles ratos de ocio son en la playa y permiten sin apenas gasto, que los pequeños disfruten con la arena y con el agua en la medida que se pueda. Más sencillo y más barato no es fácil de encontrar.

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Y eso por fuera de las casas porque por dentro, con lo pronto que anochece se pueden contar mil y una historias de las de verdad o sencillamente inventadas pero que nos lleven a vivir y a soñar con el placer de estar juntos y de lo estrechamente unidos que nos podemos sentir cuando compartimos todo un cúmulo de palabras que van de una boca a otra entrelazando nuestras vidas. Y las mañanas, ¡por dios!, esas mañanas en las que podemos gozar tanto sin prisa, remoloneando en la cama o de una cama a otra, a la vez que nos sentimos permeables unos con otros y nos permitimos compartir nuestros mundos, sobre todo con los más pequeños para que por dentro de esas volteretas que nos llevan y nos traen sin rumbo, ni falta que hace, vayamos fraguado a base de afecto y cercanía, potentes lazos de apego que nos identifiquen como miembros de la familia y nos proyecta en grupo hacia nuevos destinos a base de abrazos.

 

DESGARROS

 

Sistemáticamente se ha impuesto la costumbre de que la Navidad, o sea este tiempo por el que atravesamos, sea el de encuentro, de reencuentro, de vivir y festejar en familia. Como si las horas de ausencia de luz, los días más cortos del año, nos impulsaran a reunirnos huyendo de las tinieblas y nos pasáramos el rato contando historias de unos y de otros, una forma como otra cualquiera de sentirnos fuertes. Y todo como trasfondo comercial, formando parte de anuncios de turrones, de colonias o de comidas familiares. Son como llamadas a la unidad para sentirnos, grandes, poderosos. No tengo intención de ser pájaro de mal agüero pero quiero ofrecer tres muestras en contrario, o sea de dispersión, desgraciadamente tan frecuentes como las convocatorias de reunión.

Juana

La reina Juana de Castilla, más conocida por la Loca casó con Felipe el Hermoso y con todo el amor del mundo tuvo seis hijos de su mismo esposo. Por cuestiones políticas y territoriales fue separada de cinco de ellos para satisfacer los intereses de sus padres, los Reyes Católicos , de su esposo o de su hijo Carlos I según los casos. Con la única que pudo convivir fue con su hija menor que se quedó a ciudarla, una vez declarada oficialmente Loca y recluida en Tordesillas donde vivió más de 40 años. Entre viajes de Castilla a los Paises Bajos más los juegos de intereses familiares de cada momento, esta mujer se vio privada de la crianza de sus hijos en contra de su voluntad porque los intereses de sus más allegados se impusieron a los suyos de esposa, de hija y sobre todo de madre e incluso los de reina. Fue reina hasta su muerte y nunca reinó porque otros argumentos ajenos a los suyos propios se pusieron de por medio y la desplazaron. La llamaron Loca porque no estuvo de acuerdo con lo que estaba viviendo y manifestó su desacuerdo de la manera que supo y que pudo, tanto si coincidía con los usos de la época como si no. Hoy sabemos que probablemente fue el personaje más moderno de su tiempo y sigue siendo una figura que suscita el interés como ejemplo de coherencia personal, al margen de los convencionalismos e intereses de su época.

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En la guerra civil española se fletó un barco de niños que, para quitarlos del drama de los bombardeos fueron trasladados a la Unión Soviética, teóricamente a pasar un verano mientras la guerra pasaba porque nadie pensó que fuera a durar mucho más. Las escenas de despedidas son verdaderamente desgarradoras. He preferido ofrecer una imagen de entonces, pero con el dramatismo contenido en la figura de ese niño en la ventana de un tren y en el juguete que le acompaña. La mayoría de esos niños nunca regresaron con sus familias. Sólo a unos pocos los hemos visto aparecer de visita a los lugares de donde fueron arrancados un día, ahora como turistas que recuerdan con lágrimas en los ojos secuencias que nunca debieron vivir y regresar a sus verdaderos hogares, muy lejos ya de aquellos de los que hace tantos años fueron literalmente arrancados.

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De los millones que viven las migraciones por causas tan diversas como guerras, hambrunas u otras razones tan injustas como ellas, siempre recuerdo los comentarios de mi amiga Isabel, o Nati o tantos otros que han acompañado a sus familias a un país que no era el suyo y en el que han sido tratados como extranjeros. Con mucho dolor y con mucho esfuerzo han ido abriendo un espacio para ellos, siempre como extranjeros y un día han vuelto a arrancarlos del país de acogida para volver a su tierra por intereses ajenos a los suyos siempre y cuando han regresado a los que fueron sus hogares se dan cuenta de que ya no los reconocen y se encuentran de extraños en su propia casa, habiendo dejado a sus amigos en los países en los que han vivido y teniendo que andar viviendo en unos lugares y soñando con otros en los que ya no viven ni van a volver a vivir nunca más. El drama es tan frecuente que parece que sacarlo a la luz sea no comprender la realidad de la vida.

 

 

SOL

1De una manera o de otra estamos sometidos a las leyes de la vida y es la propia vida la que nos condiciona en una dirección o en otra. La semana pasada proponíamos algunos criterios a la hora de seleccionar juguetes para los pequeños y esta tenemos sencillamente que mirar al sol porque se ha instalado desde hace más de un mes y no hace otra cosa que ofrecernos su luz y su calor a pesar de que el momento climatológico pediría ya otras características. Da pena, por ejemplo, mirar a la Sierra. En un par de ocasiones ha vivido la visita de la nieve, como es normal pero la permanencia del sol ha hecho que lentamente se haya disuelto la poca nieve caída y este es el momento en que todavía no se ve el manto blanco que debiera tener la Sierra para que todo estuviera normal.

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Claro que hablar de normalidad también es un poco pretencioso porque siempre lo aplicamos al modo de ver humano como si en el mundo no hubiera otros criterios de medición que no fueran los nuestros. Es verdad que el año pasado por esta época ya estaba la Sierra completamente blanca y con grandes espesores por todas partes pero también hay que reconocer que se ha terminado imponiendo el criterio de la estación de esquí y ahora hablamos en función de lo bueno o lo malo que es el tiempo para la estación y para los esquiadores que podrían estar subiendo a miles y dejando pingües beneficios en los negocios instalados en las alturas. Y por lo que vemos este año, a pesar de que se ha abierto la campaña con la nieve que fabrican los cañones por la noche, pues no es así. No sé si nos hemos olvidado de que la Tierra, aparte de los movimientos de rotación y de traslación, que son los más conocidos, tiene varios más como el de balanceo y otros que hacen que sus procesos de lluvia y sequía no se puedan contemplar como fórmulas matemáticas exactas sino que tienen que andar combinando con el resto de las fuerzas a las que está sometida.
Recuerdo en 1995 que Granada fue la organizadora del Campeonato Mundial de esquí y la naturaleza sabrá por qué, hubo que aplazarlo un año porque ese invierno apenas cayeron unos copos de nieve en toda la temporada. Al año siguiente en cambio, nos íbamos a ahogar en nieve y el campeonato resultó espléndido, pero tuvo que ser cuando dispuso la meteorología, no cuando las personas teníamos previsto. Quiero ofrecer ese mismo paralelismo con relación a los pequeños. Los veo por las calles con sus ropas de invierno tapándolos por completo y metidos en sus carritos como si anduviéramos a bajo cero como sería lo propio y lo más frecuente. Pero este año, al menos hasta el momento, no es así. Es verdad que las noches sí aprieta el frío y seguramente la primera hora de la mañana también pero en el momento que el sol se apodera del día nos ponemos en los alrededores de los 20 grados, que es una temperatura muy grata y que pide presencias y a los pequeños, en semejante situación habría que sacarlos a la luz como fuera, sin hacer caso a lo que la cultura nos empuja para esta época.

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Los espacios interiores de las casas o de las escuelas tienen sus referentes culturales de comodidad, de concentración del calor en los momentos más fríos del año, que son cualidades dignas de destacar y que buscan y seguramente logran nuestras mejores condiciones de vida. Pero también nos hacen animales de costumbres hasta el punto de que podemos estar viendo como el sol nos ofrece posibilidades de gozo infrecuentes pero igualmente hermosas con su templanza en diciembre que, aparte de los perjuicios de menos agua caída con el consiguiente perjuicio para el esquí o para las cosechas, como nada es completamente bueno ni completamente malo puede ofrecernos niveles de bienestar natural por el simple hecho de pasar más tiempo en la calle y de gozar de la luz y del calor sin que tenga que ser el abrigo o la calefacción la que nos la proporciones. A la calle, por favor, mientras podamos, que tiempo habrá para escondernos cuando lleguen las lluvias y los fríos.

 

 

JUGUETES

 

Me consta  que en más de una ocasión hemos tratado el tema de los juguetes y de los regalos. Lo recuerdo y no me pesa que hoy volvamos a él por varias razones: primero porque su aporte para los pequeños es de primera importancia, segundo porque todo el entramado de la industria siempre intenta convertirse antes que otra consideración en un asunto comercial, desfigurando de ese modo su principal cualidad de ser un elemento que contribuye al desarrollo educativo de los pequeños, a su madurez psicológica y a su crecimiento personal. Todas las épocas y todas las culturas han usado juguetes como vehículos de adiestramientos de sus retoños, como ensayos de estructuras vitales esenciales. La voracidad del comercio dificulta que cumplan la imprescindible función que las distintas culturas les tienen encomendada, pero en ningún caso deben sustituirla.

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La semana pasada poníamos el ejemplo del abuelo satisfecho por el magnífico regalo que le ofrecía a su nieto y el chasco que se llevaba cuando a los pocos minutos contemplaba la escena de su nieto pasando olímpicamente de su regalo pero gozando como un  energúmeno con la caja de cartón en la que el regalo venía envuelto. Es todo un ejemplo de lo necesarios que son los juguetes para que los pequeños conozcan y ejerciten destrezas imprescindibles para la convivencia pero también de la facilidad con que los adultos podemos confundir la gimnasia con la magnesia y hacer completamente inútil un vehículo que puede tener un papel fundamental en la vida de un pequeño. Los niños necesitan objetos parecidos a los que se usan en la vida para usarlos como ensayos de lo que en su día serán las distintas funciones para valerse en el mundo. Su fuerte necesidad de crecimiento hará que se interesen vivamente en los juguetes porque les permiten manipular y perfeccionar sin peligro todo lo que necesitan ya que sólo se trata de ensayos las funciones de las que la vida se compone.

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En alguna medida el juguete tiene la función de reproducir más o menos la vida que el pequeño tiene a su alrededor. A través de su manipulación puede tener la sensación de que está interviniendo en los elementos y en los procesos que la configuran, siempre, eso sí, que le quede completamente claro lo que es de verdad y lo que es un juego, cosa que entre los tres y los ocho años tiene tiempo suficiente para experimentar y para conocer. Pero los procesos también tienen su importancia interna según la referencia que los adultos tomen para su elaboración y para su puesta en funcionamiento en manos de los pequeños. Si nosotros ponemos en manos de un pequeño un caballo de plástico, el objeto no puede ser otra cosa que un caballo. Si ponemos, por ejemplo, una pinza de la ropa,  en un momento podrá ser un caballo, pero en otro podrá ser un coche o una pieza de una batalla o una pinza de la ropa o una figura compleja si unimos unas pinzas con otras… Como criterio, en función de la mayor simplicidad que tengan los juguetes que le ofrezcamos al pequeño, más posibilidades le abrimos para que sea su propia manipulación la que dé vida al juguete;  y su mayor concreción menos espacio para su creatividad. Esto explica el ejemplo que hemos descrito del regalo del abuelo.

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Un par de observaciones todavía. Los niños juegan con gusto pero saben desde muy pronto que los juguetes son sólo juguetes. Pasos intermedios para su objetivo verdadero que son los objetos de verdad. Jugarán con placer,  con una cocinita, pero en cuanto nos descuidemos un momento comprobaremos que lo que de verdad quieren es usar las ollas, los platos o los cubiertos de verdad. Y así con cualquier otro elemento de la vida, incluidos los elementos informáticos que tan fuerte han irrumpido en nuestra cultura en los últimos años. Por eso es indispensable que les ofrezcamos posibilidades de manipulación lo más amplias posible pero también que andemos siempre cerca de ellos para que cuando proceda podamos aclararles dónde están los límites que no se deben saltar porque su seguridad se pone en peligro. Deben tener posibilidades que les permitan desarrollarse pero también límites que les dejen claro que no todo es posible.

 

 

CONMEMORACIÓN

 

La única conmemoración que acepto en la vida es aquella que celebra que hoy es hoy. Cualquiera otra me parece un subterfugio que la sociedad establece para hacer como que no se olvida de algún hecho o de algún sector social del que realmente todo el mundo sabe que se olvida. Es como si la mala conciencia llamara a la puerta y por compromiso recordara que conviene dedicar un día al año, al menos, a un tema que no está suficientemente presente en la sociedad.  Dedicarle un día no mata a nadie y a lo mejor nos sentimos todos un poco más tranquilos y menos canallas.

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No recuerdo que haya un día dedicado a los grandes capitales, ni a las viviendas de lujo, ni al yate de recreo, ni a los viajes de placer, ni a la guerra, ni al petróleo, ni al odio, ni al engaño ni a todo el conjunto de aspectos sociales tan presentes, tan influyentes y tan determinantes. El argumento de que un día al año, por lo menos, la sociedad decide recordar el tema en cuestión, la infancia en este caso, no es poco pero sí claramente insuficiente. En mis primeros tiempos de maestro recuerdo mi interés por un acontecimiento, una explicación o una secuencia que me parecía significativa sobresaliente de cada día. Si sentía que alguna secuencia de mi trabajo había despuntado por cualquier razón me consideraba satisfecho y estoy seguro que no me faltaban razones. Encontraba un aliciente, un punto de fuerza que me daba ánimo para continuar en el empeño de mejorar cada día. El paso del tiempo, el desarrollo profesional, la experiencia en definitiva me ha ido alejando de las secuencias puntuales, por muy brillantes y potentes que fueran y me ha ido dirigiendo al encuentro de un momento humilde pero grato de cada día que no necesite del grito de gozo sino que derrame una simple sonrisa sobre cualquier aspecto cotidiano bien resuelto.

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No sé dónde leí o quien me contó la secuencia del abuelo que llega a casa de su nieto con un enorme regalo dentro de una impresionante caja de cartón. Lo de menos es lo que lleva dentro: pongamos un coche magnífico o cualquier artefacto que cuesta un dineral. Le entrega al nieto el regalo y toda la familia celebra el esfuerzo del abuelo por satisfacer al nieto. Se pone la familia a conversar de sus cosas y, al cabo de un rato observan con decepción, sobre todo el abuelo, que el precioso regalo está abandonado en un rincón mientras el nieto se encuentra feliz jugando con el cartón en el que el gran regalo venía envuelto. Lecciones de este tipo las vemos y las vivimos con frecuencia cada día pero no sé por qué nos empeñamos en no leer lo que la vida nos pone delante a cada momento para que aprendamos. Una y otra vez preferimos la decepción por bandera antes que asumir que lo que la vida nos cuenta con toda claridad mil veces es lo importante y a lo que le debemos dedicar nuestras energías y dejarnos de fuegos artificiales que nos deslumbran en un momento pero que al día siguiente significan muy poco en la vida de cualquiera.

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Por no querer ser demasiado derrotista diré que prefiero con gran diferencia que se cree una escuela a que se organice una enorme campaña de un juguete una ilusión. Nada contra el juguete pero una escuela es una escuela, por Dios. Mis últimos años profesionales me daba cuenta de que cada día quería ser menos maestro y más persona, dar menos clases y ofrecer más y mejores relaciones a los niños de persona a persona, Me dio por proponer en la clase el visionado de las películas de dibujos que iban saliendo, verdaderas obras de arte en casi todos los casos que nos servían para trabajar después los contenidos, las formas, los personajes, las músicas… Daba gusto ver la capacidad de análisis de los pequeños para entender aportaciones sociales de su tiempo. Otras veces, siempre que el tiempo lo permitía se me antojó recopilar canciones viejas de ellos, de sus familias o de vecinos y nos sentábamos en corro a cantar. Sé que muchos me recuerdan por eso

 

CICLO

Reconozco que la lección de vida y de otoño de la semana anterior con la experiencia de Pitres y con el complemento perfecto de Manuel Ángel, recién llegado de Dúrcal con una lección parecida todavía caliente entre las manos es algo deseable para cualquier persona, especialmente para los pequeños, siempre tan necesitados de contactos con la realidad cambiante de la vida. En las escuelas no es raro que estos días se vea a los niños entrar y salir con lotes de hojas caídas de  aquí y allá para ofrecer una imagen otoñal en los murales interiores que van a adornar las paredes de las aulas o de los pasillos durante unos días, mientras llega el siguiente tema. No está mal. Algo es algo y siempre es bueno que los niños toquen cualquier asunto como las hojas que han caído y que señalan que se ha cubierto una vez  más el ciclo de la vida. Pero la vivencia integral de experimentar esa sensación en un lugar rodeado de árboles donde se ve, se toca, se huele y se vive el otoño…, no tiene color.

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El ciclo lo hemos cerrado tradicionalmente con la FIESTA DEL OTOÑO que consiste en hablar con las familias y que cada una aporte un elemento de esta época en forma de fruta, por ejemplo o algún plato elaborado en casa y ofrecido para que todos podamos probar: potaje de castañar, bizcocho con nueces o pasas, carne de membrillo, membrillo cocido con boniato y tantos otros como las familias conocen. Se acuerda un día y esa mañana se la dedica en gran parte al otoño con algún mayor disfrazado de castañero, se hace un fuego en medio del patio y a su alrededor nos reunimos para contar lo que significa esa mañana y lo que hemos traído entre todos para comer y que es propio de esta época del año. El caso es pasar un buen rato alrededor del fuego contando historias, otro ritual típicamente otoñal, que nos permite sentirnos unidos y saboreando el tiempo que pasa mientras el fuego consume los trozos viejos de algún mueble y nos calienta con su muerte. El acto terminará con una o varias mesas llenas de los productos que hemos logrado reunir y que nos comeremos aunque ese día, a la hora de comer sólo podamos completar la dieta con una fruta.

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En la propia clase se han podido preparar algunas combinaciones culinarias que luego se van a ofrecer en la mañana de la fiesta junto a las que se traen de la casa. Es verdad que hemos llegado a una evolución de las costumbres que hacen que sea difícil que muchos niños prueben de la gran variedad de guisos que se ofertan. Pero no podemos desanimarnos porque hemos llegado a donde estamos. En todo caso nuestra propuesta se encamina a recuperar los orígenes de nuestras culturas, a nuestro encuentro con costumbres casi desaparecidas y  a la posibilidad de conectar con nuestros ancestros  en toda su plenitud compartiendo sus ritos, sus sabores, sus olores y las historias que hacen presente un acontecimiento como el otoño, tan sabroso y tan intimista. Se ha impuesto esta tradición en nuestras escuelas y siempre resulta una invitación a la vida, al paso del tiempo, a la diversidad de olores, sabores y vivencia grupal.

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Como puede verse, lo que se intenta es ofrecer una escuela que está directamente ligada con la vida. No quiere decir que no exista un aula y que en ella se desarrolle un programa  con su temática correspondiente para cubrir los objetivos propuestos por la estructura académica. Lo que pasa es que en la vida siempre hay muchos caminos para llegar a un mismo destino y a la hora de elegir el que nos va a conducir  podemos eliminar aquellos en los que apenas si nos vamos a sentir poco más que extraños y vamos a centrarnos en uno que casi esté configurado a nuestra medida y que en muchos aspectos  hasta lo diseñemos nosotros. Seguramente el destino puede que sea el mismo en todos los casos pero las vivencias pueden ser muy distintas dependiendo del que hayamos elegido. No habrá más que ver las caras de los pequeños al llegar para interpretar las vivencias por las que han atravesado.

PITRES

La experiencia me dice que los pequeños que han estado con nosotros se suelen acordar con el paso de los años de la comida, del patio y de las colonias. En origen cada otoño y cada primavera salíamos de lunes a viernes con el grupo y con refuerzo de adultos a vivir en el campo: Fuente del Hervidero, Cueva del Gato, Sierra Nevada, Ermita Vieja en Dílar… Unas veces los lugares tenían condiciones de habitabilidad y otras nos teníamos que llevar los colchones en el autobús. Un poema, vamos. Sin embargo hemos mantenido el acontecimiento de Las Colonias años y años como una pieza fundamental de nuestro programa educativo si bien con el tiempo se redujo a dos días y una noche porque entendimos que la vivencia de separación de las familias con una noche se cumplía y el esfuerzo era  más asumible.

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No sé si al final el impacto de los hechos más relevantes se quedan sólo en los pequeños o terminan grabándose en los mayores también. Este grupo tenía cuatro años cuando vivimos la experiencia y ahora tendrán veinte años. Ellos recordarán la experiencia pero es que yo no la olvido a pesar de que antes y después no han parado de sucederse otras parecidas. Lo normal era que fuéramos tres adultos y hombres y mujeres preferiblemente. A esta fuimos sólo Koldo y yo, sencillamente porque no se ofreció nadie más. También Pitres parecía un poco lejos y con muchas curvas en la carretera pero yo conocía el lugar y sabía que, una vez que llegáramos había buenas condiciones de habitabilidad. El equipo no encontró argumentos para rechazar la propuesta  y lo permitió. También es verdad que aunque la experiencia la valoramos positiva en la memoria final, tanto Koldo como yo, no se ha vuelto a repetir. Lo de la carretera era una dificultad real. Mirian y alguno más vomitaron y hubo que parar un par de veces pero yo la repetiría de nuevo vista en conjunto.

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Otoño es seguramente la estación más hermosa del año en la Alpujarra y Pitres se encuentra en medio. Tuvimos un apartamento en el que cupieron todos en literas. Había calefacción y en la puerta una plazoleta como de pueblo con árboles y arbustos con las hojas caídas o a medio caer. El primer deseo fue revolcarnos en aquel maravilloso lecho de hojas amarillas en el que estuvimos jugando todo el tiempo. La comida era casera y de buena calidad y el restaurante, a esas alturas del año, noviembre, casi exclusivamente para nosotros. Tanto Koldo como yo supimos que aunque no hubiéramos organizado ninguna salida las actividades se hubieran cubierto porque el recinto tenía suficientes medidas de seguridad, diversidad importante de espacios que permitían el juego de exploración, el de conocimiento porque teníamos castaños alrededor y nos dedicamos a sacar las castañas de sus fundas, una vez que se caían al suelo. De todas formas no pudimos resistirnos a investigar los alrededores en los que pudimos conocer una enorme variedad de árboles, de colores y de olores porque en otoño la Alpujarra es un festival.

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En todas las colonias el ritual más impresionante es el de las linternas. Los pequeños llevan linternas de sus casas y por la noche salimos de paseo a reconocer el terreno en medio de la oscuridad. Es una mezcla de miedo, de curiosidad y de fuerza porque el grupo imprime valor suficiente como para que cada uno pueda esconder en el conjunto su propio miedo. Es verdad que hay que cuidar las condiciones de seguridad pero es que nuestro camping tenía los espacios muy bien acotados por lo que podíamos movernos con cierta soltura sin exponernos a riesgos peligrosos. La asamblea que realizamos en medio del camino sentados en el suelo y contando historias de las que tenemos cerca o de las que recordamos se convierte en algo imborrable. En esa colonia el punto álgido fue el encuentro en medio del camino y en pleno día con una mantis religiosa adulta que nos mantuvo la atención un buen rato siguiendo sus movimientos y luego su recuerdo de que nos pudiera salir en cualquier momento sin que nos diéramos cuenta con la oscuridad. A la vuelta no se mareó nadie porque casi todos vinieron durmiendo.

SEGUNDO

Hay noticias de gran impacto inmediato aunque después, su trascendencia no sea significativa,  como puede ser la aparición del cadáver de un pequeño de tres años en una playa turca. En aquel momento la sensibilidad del mundo fue sacudida pero hoy, unos días después ya han muerto otros setenta menores tragados por las aguas como él y no nos hemos enterado siquiera y miles de refugiados siguen deambulando por caminos sin fin,  rodeados de vayas por todas partes físicas y, sobre todo, mentales. Hay otras que aparecen con sordina, que apenas se las oye,  pero que van a tener en el futuro un impacto enorme en todo el mundo. China acaba de autorizar a las familias para que puedan tener un segundo hijo.

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Una de las medidas de mayor alcance de la China comunista  venía siendo que sólo se podía tener un hijo. El control de natalidad era tan férreo que la presencia de un segundo hijo estaba penalizada hasta ahora. Combinando esta medida con costumbres ancestrales,  el resultado era que las familias querían hijos varones. Miles de niñas se vieron rechazadas y diseminadas por el mundo entero, en España superan con mucho las 7000, o bien las mataban directamente en cuanto nacían, lo que les ofrecía una nueva posibilidad de tener un varón, que era su deseo. Muchos países han gozado durante años del privilegio de adoptar niñas chinas que hoy son ciudadanas de un mundo que las ha acogido con los brazos abiertos a pesar de que en estos días estemos sacudidos por la conclusión del juicio de Asunta Basterra Porto, una niña china adoptada hace doce años por una familia gallega y, al parecer según la sentencia que acaba de proclamarse, asesinada por sus propios padres.

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El control de natalidad impuesto en China con mano de hierro ha producido de hecho la aparición de la generación de los emperadores, porque las familias han mimado a sus varones como preciados tesoros mientras ahora se encuentran con un déficit importante de hembras porque las han suprimido o han permitido que se diseminen por los países que en su día las adoptaron. Debería enseñarnos a todos que una medida como el control de natalidad que puede ser buena y deseable si se asume por el pueblo, puede convertirse al cabo de unos años en un drama nacional si se impone así, sin más. Hoy China tiene que cargar con la responsabilidad de haber eliminado a miles de niñas suyas, haciéndolas desaparecer sin más o repartiéndolas por países que han querido adoptarlas, una vez que las familias las habían abandonado en orfanatos previamente porque preferían varones. El frío de los datos venía diciendo que China era el país más poblado del mundo con 1400 millones de personas y hoy parece que está a punto de ser superado por India en donde no ha regido nunca control de natalidad alguno.

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Nada de lo que estamos contando hoy tiene nombre propio ni una cara en particular. Como mucho podemos identificarlo con unos ojos rasgados que hace años nos sonaban a chino y que se han convertido en paisaje normal en cualquiera de nuestras calles, no solo por efecto de la emigración, que también, si no porque si les preguntas que como se llaman te pueden decir en lengua castiza que Clara Sui, o que Paula Wen, o que Abril Chang y son tan ciudadanas de este país como cualquiera de los que hemos nacido aquí y que no saben otra lengua que la nuestra ni piensan de otro modo que como pensamos nosotros aunque, con magnífico criterio, sus familias les organicen encuentros periódicos con otras niñas  como ellas para hablarles del país en donde nacieron y para que no se sientan bichos raros por el hecho de tener los ojos horizontales y sepan que son muchas y que la belleza no está en la posición de los ojos. Afortunadamente para todos estamos llegando a unos niveles de mezcla de razas, de religiones y de culturas que, a pesar del empeño de algunos por poner barreras físicas o mentales para que cada uno se reúna solo con los suyos, los nuestros somos todos y no hay más país que la misma tierra que a todos nos cobija.